El librero furioso

Siempre que voy a Gràcia entro en la librería Taifa. Lo hago desde mucho antes de todo. Siempre hubo algo que me atrajo de esa librería del barrio más librero de Barcelona. Tiene un no sé qué de cueva, de estudio de un bohemio, de librería quijotesca que siempre me atrae. Sólo por ello hay que dar las gracias a José Batlló. Ahora que se marchó para siempre dejando en orden sus libros, estamos en deuda con él.

Han aparecido varios perfiles suyos en prensa. Destaco éste de El Periódico. Me gusta porque se han acordado del decálogo del buen cliente de la Librería Taifa:

  1. Si sabe lo que quiere y no lo encuentra, pídalo; si no lo sabe, pídalo también.
  2. Los libros mantienen un orden. Por favor, no lo altere.
  3. Los precios marcados son fijos. Solo hacemos descuento a los amigos. Los amigos no piden descuento.
  4. Hacemos todo lo posible por atender los encargos; cumpla sus compromisos pasándolos a recoger.
  5. No olvide que el comercio y la filantropía son términos antónimos.
  6. Los libreros somos una especie en extinción. No lo acelere; nosotros no tenemos ninguna prisa.
  7. Recuerde que incluso los libros que no valen nada tienen su coste.
  8. Hay millones de libros, a nosotros solo nos caben unos miles.
  9. Los libros tienen su orgullo, los que se prestan no suelen volver
  10. Los libros no son de vidrio, pero si se tiran también se rompen.

Un librero a toda letra que también fue poeta, editor y animador cultural. Ahora viene el silencio: La palabra es abeja; el silencio, miel, escribió una vez.

En la web de la librería Taifa lo despiden así:

Ha muerto José Batlló. Pep de Caldes, el bardo, rey de una taifa republicana. Le recordaremos sin él quererlo. Enemigo de homenajes, aquí estamos, fallándole. Vivió con furia, bebió con furia, escribió con furia y no murió con furia porque sin furia no merecía la pena vivir. Humorista malhumorado, leyó, editó, tradujo y escribió, tanto que no le quedó otra que vender libros. Pasarán siglos y siempre quedará un poeta que le deba algo. No lloréis por él, él no lo haría; no recéis por él, era sordo a las plegarias y con el tiempo a casi todo lo demás. No descansará en paz. No sabría.

 

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