¿Por qué flotan las nubes?

Las tempestálidas, Gospodínov (Ed. Fulgencio Pimentel)

Miro a las nubes con fascinación. Intento leerlas como si fueran parte de un extraño código. Creo en las nubes porque no hay nada más aterrador que un cielo azul vacío. Un cielo azul vacío es el abismo. Ahora mismo tengo una nube en mi escritorio: es la cubierta de Las tempestálidas (Ed. Fulgencio Pimentel). Se trata de una imagen de Morten Lasskogen. ¿La nube entra o sale de la habitación? Parece un cuadro de Magritte. La nube es la forma del recuerdo. Los recuerdos siguen su propio ciclo, al igual que las nubes que se forman o se disuelven, que pasan de una cosa a otra, que cambian de forma. ¿Por qué flotan las nubes?

“¿Cómo envejecer ante el rostro de la muerte, cada vez más lejos de la vida, y cómo salvar lo insalvable? Aunque sea como recuerdo. ¿Adónde va después todo ese pasado personal?” (Gospodínov, Las tempestálidas)

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A dónde va todo lo vivido: esa es exactamente la pregunta que me hice para escribir Una vida posible. Pero sigo haciéndome la misma pregunta.

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Durero sintió fascinación por las ballenas. Pero escribe Philippe Hoare que “Durero debería haber tenido el suficiente buen juicio como para no salir a pescar un monstruo de ese tipo” (Alberto y la ballena, Ático de los libros)

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Compré Las tempestálidas el sábado 10 de junio, cuando fui a Calonge, a La Viatgeria, a presentar Una vida posible. Cristina y Xavi estuvieron estupendos. Prepararon una mesa con libros que dialogaban con el mío: los escuché hablar entre ellos. El ejemplar de Cristina estaba subrayallado. Eso me gustó. En el cielo había cúmulos pero no llovió. Por la tarde Cris, Lea y yo paseamos por el pueblo. Es un pueblo de librerías. Es un consuelo ir de una a otra: una acumulación de oráculos. Las tempestálidas ganó el Premio Booker Internacional 2023.

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“Me figuré que el recuerdo de los olores es el último en abandonar la guarida de la memoria”.

Recuerdo ir de visita a casa de mi abuela. Ya era vieja entonces, aunque no tanto como llegó a ser antes de morir. Recuerdo que tenía un molinillo -era de madera y rojo- que yo cogía de la cocina para jugar. Ella ponía unos granos de café. A mí se me quedaba toda la tarde el olor a café enganchado en los dedos.

“El giro interminable del molinillo de café, el aroma que se bebe con la nariz”.

El giro interminable de los recuerdos…

El libro de Gospodínov recomienza a cada rato. Es un ensayo poético, una novela, un tratado… Yo qué sé. Es único. Es un viaje a lo más profundo de la memoria. Pensando en Olga Tokarczuk -quien dice del libro que “pocas veces llegan a nuestras manos libros tan locos y maravillosos como este”-, veo Las tempestálidas como una constelación de recuerdos colectivos.

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Al libro le atraviesa una honda nostalgia: hay consuelo, pero en realidad hay mucha tristeza. A cada rato veo a Lea una vieja niña, olvidada ya de nosotros y de todos estos días. Ser padre es aceptar ese vértigo. El vértigo de un  cielo azul vacío de nubes.

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Acabo de escribir esta entrada en el diario-collage de lecturas, cuando llega la columna de Manuel Vicent en la que se despide con dolor y belleza de su hijo muerto la semana pasada: “Vuela ahora hacia los días felices del pasado”. Mauri, que cuando llegue a La Habana pueda descansar en paz.

njvmvvm. njoiutssukoolllooi (Lea al teclado)

(Ilustración de Morten Lasskogen)

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