Ballenas en el cielo de Madrid

Estuvimos el fin de semana en Madrid con Una vida posible

El sábado, hice un pequeño taller a modo de presentación del libro en Los pequeños seres. Apenas hubo tiempo para alguna mirada rápida sobre las mesas y estantes, y eso que Patri y Leo tienen tan buen ojo para seleccionar títulos que cuando entras en su librería sientes realmente que al abrir cualquier libro es posible dar con una revelación (y así fue: Ballena, de Paul Gadenne), pero apenas hubo tiempo de jugar a descubrir el futuro antes de bajar a la sala que tienen para eventos. Me sentí como un grupo de iniciados, descendiendo a las catacumbas del saber y de la experiencia. Cuando finalizó, vino Leo a decirnos que volvía a llover sobre Madrid, dijo que buscáramos un hueco entre nubes para poder salir sin mojarnos. La calle estaba limpia y recordé las calles de mi pueblo cuando era pequeño y jugábamos en la plazoleta de al lado de casa, y recordé el olor de la lluvia y de la tierra mojada y me di cuenta de que hacía tanto tiempo de eso como para sentir una nostalgia infinita. Todos los días en Madrid miré al cielo.

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Durante la presentación del taller dije que un diario puede ser la diferencia entre escribir o no escribir (por eso este diario de lecturas). Y leí este fragmento del libro:

Razones para escribir un diario de viaje:

1.Para no olvidar: “Todo acto de memoria es hasta cierto punto un acto de imaginación”, dice Oliver Sacks (pero no recuerdo dónde lo dice).

2.Para desaparecer: “es una idea que muchos contemplan y algunos evocan en sus libros, pero que casi nadie se atreve a llevar a la práctica”, dice Rémy Oudghiri en Pequeño elogio de la fuga del mundo (Alfabeto Editorial)

3.Para saber quién soy en el viaje, tener una autobiografía en tránsito: “La escritura como modo de captura. El impulso de atrapar pequeñas realidades al paso e interpretarlas en tiempo real” (Andrés Neuman)

4.Para tener un rastro que seguir, unas huellas que buscar, unos caminos que arrancar: “No tengo caminos, sólo palabras con que imaginarlos” escribe Edgar Chavajoy, ¿pero quién es Edgar Chavajoy?, ¿por qué tengo una cita de él anotada en uno de mis diarios de viaje?

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El domingo, tras entrevistar temprano a David Jiménez por Los Diarios del opio (Ariel) en el vestíbulo de un hotel que esperamos que esta vez no sea bombardeado como más de una vez le ha ocurrido a David, nos fuimos los tres al Museo Nacional de Ciencias Naturales. Había el esqueleto de una ballena que quedó varada en 2008 en una playa de Marbella. Medía 20 metros de largo y se veía como el pecio de un ser mitológico. La imaginé viva. Un día después, la instalación inmersiva de Wu Tsang en el Museo Thyssen, me hizo nadar con ella por un cosmos oceánico y misterioso.

¿Lea, marchamos?, No -dijo mirando a la pantalla- més.

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Leo a Paul Gadenne:

“Aquella ballena nos parecía la última; como todo hombre cuya vida se apaga nos parece el último hombre. Su visión nos proyectaba fuera del tiempo, fuera de aquella tierra absurda que, en mitad del estruendo de las explosiones, parecía correr hacia su aventura final. Habíamos creído ver simplemente un animal cubierto de arena: en realidad, contemplábamos un planeta muerto” (Ballena, Ed. Periférica)

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En la librería del Museo Nacional de Ciencias Naturales pasé a saludar a Carmen y a Américo porque hace tiempo Jordi Serrallonga me dijo que Américo sabía mucho del megaterio, pero Américo libraba el domingo. Me compré El Rinoceronte y el Megaterio, de Juan Pimentel (Abada editores) y leí algunas de sus páginas en el tren de vuelta entre juegos y paseos con Lea.

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El domingo por la tarde firmé en la caseta de Ed. Menguantes. Vino una chica porque había visto un tuit de Agustín Fernández Mayo donde él hablaba de mi libro (nos hicimos una foto para que no pareciera una ficción a lo Vila-Matas). Luego el cielo se llenó de tormenta, pero antes pude saludar a Hilario J. Rodríguez, quien nos dedicó (a Cris y a Lea y a mí) Construyendo babel (Contraseña Editorial) y Las desapariciones (Newscastle). Son libros, como él mismo dice, que dan forma a su propio género. Me gusta Hilario porque escribe como pintaba Pollock, chorreando inspiración sobre el papel.

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Leo en Construyendo Babel:

“La memoria es caprichosa y fija ciertos recuerdos con una nitidez implacable aunque para nosotros no sean precisamente importantes, mientras que otros muchos más significativos se desvanecen”. 

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Pensé en si Lea llegará a habitar algún día un planeta muerto. Si sus recuerdos de todos estos días serán como fósiles, si los montará a capricho para, como hicieron con el Megaterio, tratar de dar forma a su propia quimera.

Ilustración que aparece en la cubierta de Ballena: El Fooser, «Migrant garden»

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